“El oficio de la palabra /más allá de la pequeña miseria / y la pequeña ternura de designar esto o aquello, / es un acto de amor: / crear presencia”, escribió Roberto Juarroz en su “Poesía vertical”.

La palabra fue para Eva Duarte de Perón, de cuya muerte el 26 de julio de 1952 se cumplen 69 años, una herramienta con la que dar cuenta de la realidad y construir una presencia. Y también, por qué no, un acto de amor.

Los discursos de Evita, ya orales, ya escritos, fueron contribuyendo a crear una identidad, un imaginario, una utopía que terminó por trascender al peronismo. Desde que en un acto para ayudar a las víctimas del terremoto que arrasó a la ciudad de San Juan en enero de 1944 conoció al entonces Secretario de Trabajo y Previsión Social, Juan Domingo Perón, la palabra creció a la par de su militancia política.

Expresiones como “mis grasitas”, “mis queridos descamisados” o “compañeras trabajadoras” irrumpieron en el discurso público, resultando disruptivas para la verba anquilosada de “la política de los políticos”. Además, corrieron el velo que invisibilizaba a trabajadores, mujeres, campesinos y marginados.

En sus intervenciones a través de la radio, en actos públicos o mediante escritos, “la abanderada de los humildes” apelaba a la lealtad, a la clase, a lo nacional y a los derechos de las mujeres, designando de manera clara el campo “amigo/enemigo” y apelando a un tono épico (lucha, desprendimiento, solidaridad), emotivo (amor, muerte, sufrimiento) y poblado de imágenes, algunas grandilocuentes, muchas otras simples y cotidianas.

Cinco momentos de la vida política de Eva, vistos a través de sus intervenciones discursivas, pueden resultar significativos para recorrer su historia. También para dar cuenta del oficio de la palabra. Cinco textos que recuperamos de los orginales publicados por la Biblioteca del Congreso de la Nación en 2012 bajo el título de “Eva Perón. Discursos”.
“Hablo a las mujeres de fortuna adversa”


El 9 de octubre de 1946, a sólo cuatro meses de que Juan Domingo Perón asumiera por primera vez la Presidencia de la Nación, Evita habla a las mujeres de todo el país desde la residencia presidencial para evocar el primer aniversario del 17 de octubre.

Aquellas primeras palabras construirán el destinatario privilegiado de la entonces Primera Dama, dará visibilidad a un actor político largamente ignorado (la mujer trabajadora) y sentará las bases de un diálogo que sólo se interrumpirá con su muerte.

“Hablo a todas las mujeres de mi país que trabajan y luchan rudamente por su hogar. A las que la fortuna adversa, o el humilde destino, han llevado allí, al pequeño refugio del taller, de la fábrica, de la oficina. Hablo a mi hermanas del campo, del quebrachal, y del ingenio. A las que optaron por dar a su hombre, a la par que su ternura, su dedicación y su periódico sacrificio del trabajo”.

Evita da cuerpo a la mujer trabajadora a partir de necesidades, sueños y anhelos que volverán una y otra vez en sus intervenciones. “Hablo a las que necesitan defender algo, y seguir teniendo fe en la justicia social de un pueblo. A las alegres o sombría muchachas que hacen cola en los acogedores claustros de la Secretaría de Trabajo y Previsión, la Casa de los Trabajadores Argentinos, aguardando -día a día- con idéntica fe y renovado fervor, la suerte y la defensa individual o colectiva de cada peso de su jornal humilde. Hablo a lo que el país, tiene de maravilloso y entrañable”.

En aquellas palabras inaugurales de sus intervenciones públicas, Eva Perón define un escenario y a una de sus grandes progonistas: las mujeres. También definirá su lugar: ser una más entre ellas. “Yo pertenezco a mi pueblo, me confundo con él; soy lo que una de ustedes: un corazón de mujer que, en el día difícil y amargo de la derrota, ha sacado fuezas de su flaqueza, y ha luchado y se ha impuesto por el futuro mejor de su país, de su pueblo”.

El derecho a elegir y ser elegidas
Los derechos de la mujer encarnaron en la figura de Evita a través de su centralidad política. Continuando una lucha que desde las primeras décadas del siglo llevaban adelante socialistas, anarquistas, sindicalistas y comunistas, Eva Perón impulsó la sanción de la Ley del Voto Femenino, que permitirá a los mujeres elegir y ser elegidas.

A través de sus discursos en actos públicos y en numerosas intervenciones radiales, Evita le puso palabras al derecho de hacer el sufragio realmente universal. Su voz resultó clave para vencer la resistencia a una ley que tardó más de un año en aprobarse: recibió media sanción por parte del Senado el 21 de agosto de 1946 y fue aprobada por Diputados recién el 9 de septiembre del año siguiente.

Para sortear el silencio al que la sometía buena parte de la prensa escrita y para exigir a los legisladores que por fin aprobaran la ley, Eva Perón utilizó la radio pública. Así, el 12 de febrero de 1947 habló a través de Radio del Estado y de la Red Argentina de Radiodifusión.

“La mujer puede y debe votar en mi país. La mujer votará, si los camaradas -ahondando en sus responsabilidades nacionales- ofrecen a todo un vasto y ansioso sector humano, el precioso instrumento de su reivindicación civil: el derecho a elegir y ser elegidas”.

Con la ley 13.010 ya aprobada, el 23 de septiembre de 1947 el gobierno organizó un acto en Plaza de Mayo para darle un marco popular a la promulgación. Allí habló Eva Perón, desplegando algunos de sus ejes discursivos clave: el protagonismo de la mujer, la inevitabilidad de la lucha y la identificación sin tapujos de los adversarios políticos.

“(…) Debimos afrontar la calumnia, la injuria, la infamia. Nuestros eternos enemigos, los enemigos del pueblo y de sus reivindicaciones, pusieron en juego todos los resortes de la oligarquía para impedir el triunfo. Desde un sector de la prensa al servicio de intereses antiargentinos, se ignoró a esta legión que me acompaña; desde un minúsculo sector del Parlamento, se intentó postergar la sansión de esta ley”.

“(…) Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de pocos artículos una larga historia de lucha, tropiezo y esperanzas ¡Por eso hay en ella crispaciones de indignación, sombras de ocasos amenzadores, pero también, alegre despertar de auroras triunfales!”.

“Y esto último que traduce la victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional, solo ha sido posible en el ambiente de justicia de recuperación y de saneamiento de la Patria, que estimula e inspira la obra de gobierno del general Perón, líder del pueblo argentino”.

Diálogo, pasión, renunciamiento
Todo discurso supone un diálogo, construye un enunciador y un enunciatario, que es quien “recibe” el texto haciéndolo posible. Sin embargo, no siempre entre ambos se produce un intercambio real (y mucho menos entre una voz individual y otra colectiva) que termina alterando el texto mismo.

Esto es lo que ocurrió el 22 de agosto 1951 durante el Cabildo Abierto del Justicialismo, convocado por la CGT para proponer la candidatura de Eva Perón a la vicepresidencia de la Nación en las elecciones previstas para noviembre de ese mismo año.

Lo que debía pasar a la historia como la proclamación de la fórmula Perón-Perón lo hizo como “renunciamiento histórico”.

Debilitada por el cáncer de cuello de útero que terminaría provocándole la muerte once meses después y asediado Perón por los sectores más conservadores (dentro y fuera del peronismo) que no la querían como vicepresidenta, Eva Perón habló ante dos millones de trabajadores que se concentraron en la esquina Moreno y 9 de Julio de la Ciudad de Buenos Aires.

“Mi general: son vuestras glorosiosas vanguardias descamisadas las que están presentes hoy, como lo estuvieron ayer y estarán siempre, dispuestas a dar la vida por Perón. Ellos saben muy bien que antes de la llegada del General Perón vivían en la esclavitud y por sobre todas las cosas, habían perdido la esperanza de un futuro mejor”.

En una constante que se produnfizará hasta el final de su vida, el discurso adquiere un carácter profético, de denuncia abierta a la oligarquía y de resistencia a la violencia que se avecinaba. “Ellos no perdonarán jamás que el General Perón haya levantado el nivel de los trabajadores, que haya creado el justicialismo, que haya establecido que en nuestra Patria la única dignidad es la de los que trabajan”.

“(…) Saben también que la oligarquía, que los mediocres, que los vendepatria todavía no están derrotados, y que desde sus guaridas atentan contra el pueblo y contra la nacionalidad. Pero nuestra oligarquía, que siempre se vendió por cuatro monedas, no cuenta en esta época con que el pueblo está de pie (…)”.

“(…) Así como hace cinco años dije que prefería ser Evita antes de ser esposa del presidente, si ser Evita era dicho para calmar un dolor en algún hogar de mi Patria, hoy digo que prefiero ser Evita porque siendo Evita sé que siempre me llevarán muy adentro de su corazón ¡Qué gloria, qué honor, a qué más puede aspirar un ciudadano o ciudadana que al amor del pueblo argentino!”.

Renuncio a los honores, no a la lucha
Eva Perón terminó su discurso. La multitud la ovacionó y agitó sus pañuelos. Pero se quedó donde estaba. Es que Evita nada había dicho sobre su postulación. Fue entonces cuando el secretario general de la CGT, José Espejo, tomó el micrófono y dijo que allí estarían al día siguiente para recibir una respuesta.

Evita volvió al micrófono, pidió que “no me hagan hacer lo que nunca quise hacer” y solicitó “por lo menos cuatro días para pensarlo”. La multitud respondió “¡No, no! Ahora”. Ella retomó la palabra: “Compañeros: yo no renuncio a mi puesto de lucha, renuncio a los honores”. Los descamisados insistían.

La primera dama retomó la palabra y preguntó: “¿Ustedes creen que si el puesto de vicepresidenta fuera una carga y yo hubiese sido una solución no hubiera contestado que sí?” Y después dijo: “Mañana, cuando…” Entonces fue interrumpida por un “Hoy” que empezó a replicarse por toda la avenida 9 de Julio.

“Compañeros: por el cariño que nos une, les pido por favor que no me hagan hacer lo que no quiero hacer. Yo les pido a ustedes, como amiga, como compañera, que se desconcentren”. “No, no”. “Si estuvieran en mi corazón, verían cuánto se los agradezco y ustedes me darían la oportunidad para que yo pueda pensarlo”. “No, no”.

En el ida y vuelta que se había convertido en contrapunto, Evita dice: “El pueblo es soberano. Yo acepto…” Entonces es interrumpida por otra ovación que convierte la frase inconclusa en una afirmación. Ante esto se ve obligada a aclarar: “¡No, no, compañeros! Yo acepto las palabras del compañero Espejo y mañana, a las 12 del día…” Lo que fue interrumpido por un nuevo rechazo.

Se producen nuevos agredecimientos y pedidos de Evita y otros tantos “No” y “Ahora” de la multitud. Finalmente, Eva pide dos horas para dara una respuesta y entre sollozos cita a Perón: “Yo haré lo que diga el Pueblo”. Lo que es avalado por una nueva ovación que puso fin a un diálogo sin precedentes en la historia politica argentina.

El 31 de agosto, a través de un mensaje radial, Evita confirma lo que ya se conocía, que no aceptaba la postulación a la vicepresidencia. Una renuncia “inquebrantable y que nace de mi corazón”.
Esa mujer, por televisión


El 28 de septiembre de 1951 el general retirado Benjamín Menéndez encabeza el primer intento de derrocar a Perón, que fracasa ese mismo día. Sin embargo, la espiral de violencia y conspiración se mantendrá durante cuatro años (bombardeo de la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, con más de 300 civiles muertos).

Pocos días después del fallido golpe de Menéndez la CGT organizó un acto en Plaza de Mayo para celebrar el Día de la Lealtad Peronista, en lo que se constituyó en la primera transmisión de televisión en la Argentina (a cargo de Canal 7, hoy TV Pública). Eva Perón sufría los efectos del cáncer y los médicos apenas consintieron que se levantara de la cama. Pero allí estuvo.

“(…) Yo no podré faltar nunca a esta cita con mi pueblo en cada 17 de octubre. Yo les aseguro que nada ni nadie hubiera podido impedirme que viniese, porque yo tengo con Perón y con ustedes, con los muchachos de la CGT, una deuda sagrada: y a mi no me importa si para saldarla tengo que dejar jirones de mi vida en el camino”.

Durante el breve discurso las dos palabras más usadas por Evita fueron “amor” y “muerte” (más de diez veces en total). La muerte era la propia y la que se cernía sobre la Argentina por la creciente violencia de civiles y militares golpistas. El amor, como en todos sus discursos, refería al pueblo, a los descamisados y a Perón.

“(…) Yo no quise ni quiero nada para mi. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo, y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”.

“(…) Y les pido una sola cosa: estoy segura que pronto estaré con ustedes, pero si no llegara a estarlo por mi salud, ayuden a Perón, sigan fieles a Perón como hasta ahora, porque eso es estar con la Patria y con ustedes mismos”.

Aquellas primeras imágenes de la televisión argentina resultaron pura potencia: Eva termina el discurso y llora sobre el pecho de Perón, mientras con la mano derecha le da golpecitos en la espalda.
Quien queira oír, que oiga


El último discurso público de Eva Perón fue el 1 de mayo de 1952, ochenta y seis días antes de morir. Fue durante el acto realizado en Plaza de Mayo para conmemorar el Día de los Trabajadores. Su estado de salud era ya muy precario.

“(…) Yo le pido a Dios que no permita a esos incensatos levantar la mano contra Perón, porque ¡guay de ese día! Ese día, mi general, yo saldré con el pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la Patria, para no dejar en pie ningún ladirllo que no sea peronista”.

Durante el discurso Eva siente menguar sus fuerzas. Dice que Perón le pidió que fuera breve. Pero la brevedad no le resta claridad ni intensidad ni convicción. Sabe, tal vez, que en esas pocas palabras está su legado político. Ese que plasmará desde su lecho de muerte en “Mi mensaje”, texto que se publicará como libro más de 30 años después.

“(…) Luchamos junto con Perón por una humanidad feliz dentro de la justicia, dentro de la dignificación de ese pueblo, porque en eso reside la grandeza de Perón. No hay grandeza de la Patria a base del dolor del pueblo, sino a base de la felicidad del pueblo trabajador”.

“(…) Antes de terminar, compañeros, quiero darles un mensaje: que estén alertas. El enemigo acecha. No perdona jamás que un argentino, que un hombre de bien, el general Perón, esté trabajando por el bienestar de su pueblo y la grandeza de la Patria. Los vendepatrias de dentro, que se venden por cuatro monedas, están también en acecho para dar el golpe en cualquier momento. Pero nosotros somos el pueblo y yo sé que estando el pueblo alerta somos invencibles porque somos la Patria misma”.