“Yo vivo enfrente de un comedor. Antes a la gente se les repartía comida y se les daba un tupper para que puedan llevar a la casa. Ahora las filas son cada vez más largas y el comedor está colapsado. Generalmente antes iban chicos y adolescentes, ahora van familias enteras”, cuenta Jorge Vargas, que vive hace 26 años en la Villa 31, en la Ciudad de Buenos Aires.
De acuerdo a datos oficiales, la asistencia alimentaria directa del Estado a comedores había alcanzado en 2019 a 8 millones de personas. De ese total, 3,5 millones eran a chicos y chicas en escuelas, mientras el resto eran adultos y personas mayores en comedores o merenderos. Por la pandemia ese número saltó a lo largo de 2020 a unas 11 millones de personas por la emergencia que implicó el cierre de actividades en todo el país.
Jorge trabaja en una cooperativa de limpieza que emplea solo a personas que viven en el barrio, principalmente recolectando basura. Más allá de contar con medidas de higiene, todos los integrantes de su familia se contagiaron en algún momento de coronavirus. A diferencia de muchos otros vecinos, por el rubro en que está empleado no paró de trabajar en ningún momento durante la pandemia.
“Para algunas familias fue muy difícil, si tenían un laburo informal, no estaban registrados en ningún lado ni tenían ningún permiso para salir. No había manera de justificar las changas en negro. El día a día sigue siendo complicado”, resume Jorge.
En el momento de restricciones más fuertes a la actividad se perdieron unos 4 millones de puestos de trabajo, principalmente en el sector marginal de la economía.
Según el Indec, hacia fin de 2020 se habían recuperado poco más de 3 millones de esos empleos, aunque en mayor medida se trató de trabajos temporales, en negro y mal pagos, lo que impide que muchos de los esos hogares recuperen el nivel de ingresos que tenían antes de la llegada de la pandemia.
La irrupción del covid-19 representó a nivel global un retroceso de décadas, después de avances durante el último cuarto de siglo en la reducción de las tasas de pobreza en todo el mundo, de acuerdo al Banco Mundial. En la Argentina, de todas formas, la pandemia fue el último elemento que explica una deuda interna arrastrada desde hace décadas.
Con el 42% de población que no llega a cubrir la canasta básica total, el país tiene el mismo nivel de pobreza que hace más de 30 años y, a diferencia de otros países de la región, no logró sostener un proceso de reducción significativa de ese índice. Desde 1998 la pobreza afecta (al menos) a uno de cada cuatro habitantes.
Sin avances de fondo en 30 años
La medición de la pobreza en la Argentina pasó por distintas etapas en las últimas décadas, lo que hace difícil estimar una serie histórica sin interrupciones. El economista de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) Martín González Rozada recordó a ravés de las redes sociales todos los cambios metodológicos que tuvo el Indec: entre 1988 y 2003 estimó la tasa para el Gran Buenos Aires con una Encuesta Permanente de Hogares (EPH) que se realizaba dos veces por año.
Entre 2003 y 2006, con una EPH trimestral, luego incluyó al resto de los centros urbanos grandes del país y cambió la canasta de gastos de los hogares que toma como referencia. Más adelante, además, la intervención del Indec durante el gobierno kirchnerista generó un apagón estadístico de revisión de datos por parte del gobierno de Cambiemos que terminó con la normalización del organismo a fines de 2015 y el regreso del índice oficial a fines de 2016, pero sin reconstruir las series observadas.


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