Por
Mariano Flores



Fue el 26 de marzo de 2018, cuando viajamos por primera vez junto a familiares de soldados argentinos caídos durante el conflicto bélico. Fuimos a conocer el lugar exacto en el que descansaban los restos de nuestros héroes. Muchas familias que ya habían visitado el cementerio de 237 tumbas y se habían encontrado que en 121 figuraba la leyenda “Soldado Argentino solo conocido por Dios”. Ahora lloraban por primera vez allí donde realmente descansan sus restos. 36 años después, en su lugar preciso ya no figuraba esa leyenda, sino su nombre propio. Allí donde estuvo esperando todos estos años.
Mientras veía a los familiares llegar al Cementerio Argentino de Darwin en Malvinas con sus rostros impregnados de emociones, recordé que los primeros rastros conocidos de la escritura datan de finales del milenio IV A.C, en la actual Irak. La hipótesis de los investigadores, era que esas primeras marcas tenían la función de señalar el lugar donde yacían restos mortales de sus antepasados. Eso pensaba, eso pasaba. Allí. En el suelo de la guerra.
Esas madres, padres, hermanos, tíos, hijas, hijos, viajaron a “terminar de despedir” –o comenzar, tal vez- los restos de su hermano, su papá, su hijo. A terminar de darle forma a ese proceso que se llama duelo, “tan sólo” 36 años después. ¿Yo? Yo viajé a acompañarlos, como psicólogo del equipo interdisciplinario encargado de las entrevistas y notificaciones. Y mientras los veía pensaba, lloraba por dentro y por fuera, me alegraba a la vez, reflexionaba. Y salieron estas líneas que buscan reflejar cómo ellos (y yo, claro está) vivimos esa experiencia.
Subimos al avión y el silencio sobrevoló con nosotros hasta las islas. Rostros tensos, confundidos, tristes, cargados de miedo, de incertidumbre más precisamente. Pero también de ilusión. Lo que no sabía era que horas más tarde, en el vuelo de regreso, el avión se inundaría de alegría, satisfacción y esperanza canalizadas en largos suspiros. El avión mismo parecía más liviano. El proceso del duelo se había re-significado. La herida había comenzado a cicatrizar… 36 años después. En el avión de regreso una frase resonaba materializando la energía del momento, “fue un antes y un después”.
Pero, ¿cómo se explica que aparezcan risas y alegría después de visitar un cementerio? Es que hay dos maneras de irse de un cementerio: con depresión o con deseo de vivir.
La primera da cuenta del duelo patológico, aquel en el que no se deja partir al ser querido y se le da la vida. Los síntomas de depresión -falta de deseo, apetito, sueño y ánimo-, vislumbran un mecanismo psíquico que consiste en transferir lo que nos mantiene vivos a nuestro ser querido. Darle, de este modo, la vida que le falta.
La segunda salida da cuenta de un duelo fecundo, exitoso. Este duelo es el que nos permite dejar que nuestro ser querido descanse en paz. Frecuentemente, las mal llamadas “salidas maniacas” del duelo no son otra cosa que salidas a la vida, lo que incluye la aceptación de lo limitada que es nuestra propia existencia. Comprar esa casa, hacer ese viaje, salir de la inhibición, son acciones que dan cuenta de que esa relación con la muerte no es otra cosa que la relación con la vida misma. Esa es la finalidad de un duelo: dejarlo ir.
La tumba identificada, esa certeza del sitio en el que descansa un hijo, un hermano, un papá, generó una catarata de distintas sensaciones en los familiares. Les permitió comenzar a cicatrizar la herida años y años más tarde. Esa mañana, los familiares les hablaban en presente, les contaban con detalle lo que había ocurrido todos estos años, los ponían al tanto, les mostraban y dejaban las fotos del casamiento de su hermana, del bautismo, del cumpleaños de quince… fotos de los momentos más significativos. Fue un verdadero reencuentro con “él” después de tantos años. Él estaba ahí.
Sólo ellos saben cuánto esperaron esta posibilidad, cuánto dolor atravesaron durante el incompleto duelo, cuántas lágrimas cayeron. Y cuántas restarán por caer aún. Sólo ellos lo saben. Pero ahora otros también sabemos que ese dolor se materializa allí, junto a una cruz blanca y un nombre propio que laterá por siempre en el roce de esa ventisca tan isleña. Tan nuestra. Siempre.
La enorme mayoría de los argentinos desconoce que hoy, 39 años después en diversos rincones del país, a los caídos se les rinde homenaje permanentemente en las mismas casas en las que vivieron, en altares familiares. La habitación en la que dormía -espacio que en algunos casos permanece intacto- o altares construidos de material en el mismo predio, incluso hasta con mayores comodidades edilicias que la propia vivienda familiar, resguardan su recuerdo. Sus pertenencias permanecen indemnes, exactamente igual a como las dejó antes de partir, esperando por él, manteniendo viva su memoria. Decoran esos hogares sus cartas enmarcadas, siempre con el agregado de una o varias fotografías del soldado, con ropa de conscripto, empuñando el rifle y mirando a cámara, petrificando su imagen y su presencia.
Ese día, la eterna tranquilidad de las piedras del Cementerio Argentino de Darwin fue interrumpida por los cortos y nerviosos -pero precisos- pasos de esas madres, esos hermanos, esos hijos e hijas acercándose a una sepultura con identidad, un sitio sagrado al que fueron a decirle “adiós” a nuestro héroe, su familiar.
Porque la muerte sólo separa si ya no queda nada del otro en nosotros pero, si quedan rastros, y tengo a dónde ir a contar y compartir con ese ser querido sobre esos rastros –historias, anécdotas, tristezas, alegrías… la vida misma-, el duelo comienza a hacer lo suyo: sanar.
Evidentemente existen ciertas condiciones que los seres humanos necesitamos para transitar un duelo, pero también existen otras que pueden dificultarlo, y ese fue el caso de los familiares de los combatientes de Malvinas.
Muchos familiares desconocían las causas del deceso, no conocieron sus últimos deseos, no supieron quién los acompañó antes de cerrar los ojos para no volver ya a abrirlos. Eso es dolor. Temor. Angustia. Y, encima, durante décadas no pudieron acceder al cuerpo, de absoluta trascendencia para llevar a cabo el ritual de un velorio y transitar así el duelo. Y esa situación devino en la ausencia de una tumba concreta, de ellos, propia. En cambio, tenían un montón de sepulturas con lápidas cuyos epígrafes resuenan en la memoria de esta Nación: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”.
En muchos casos no hubo notificación ni versión oficial de la causa de la muerte de los combatientes. Otros, recibieron información sobre las circunstancias del fallecimiento, pero consideraban que sería en vano avanzar en la identificación. Las muertes estuvieron ligadas a las circunstancias propias de un conflicto bélico: explosión de bombas o minas, disparos, caídas al mar, etc. Sin embargo, nuestras investigaciones lograron corroborar que, en muchos casos, la información que habían recibido era errónea.
Las reacciones de las familias fueron de lo más variadas frente a la posibilidad de aportar su ADN, de reescribir la historia, reabrir la herida. Es que ante la falta de una certeza sobre lo ocurrido, se generan versiones. Desde el primer momento, nuestro profundo respeto por estas versiones o relatos se basó en el entendimiento de que constituían el texto mismo del duelo, que les permitía realizar alguna tramitación psíquica de la pérdida de un ser querido que les había sido arrebatado, en muchos casos sin llegar a despedirse.
El trabajo psíquico del duelo queda en suspensión y no se puede realizar –como sostiene Sigmund Freud – pieza por pieza, a través de la secuencia de imágenes y recuerdos. El duelo necesita un aquí, un “acá es”, un momento de conexión tan real que duele sólo allí donde no se ve. El duelo necesita un presente y un lugar. Una verdad. Y al fin llegó, y ya no se irá. La notificación sobre la identificación constituye una certeza que permite este anclaje.