Historias de gente que necesita y gente que comparte, ambas con un mismo objetivo: lograr el sueño de ver un país de pie donde los niños crezcan felices, se vayan a dormir con la panza llena y que, cuando crezcan, tengan acceso a un trabajo digno que les permita crear un futuro diferente para sus hijos.

En 2006, cuando un hogar de niños en Añatuya (Santiago del Estero) estaba a punto de cerrar sus puertas, un grupo de amigos juró no permitírselo y, a pulmón, comenzó a  armar una estructura de padrinos y de viajes para que decenas de niños no se quedaran sin un hogar. Así nació la Asociación Civil Haciendo Camino, integrada por un grupo de soñadores que apostaron a levantar una provincia que estaba más dormida que despierta para transformar la vida de muchos de sus habitantes.

Desde entonces Haciendo Camino trabaja para generar cambios positivos en esta zona de vulnerabilidad social y modificar historias como la de unos chicos que iban al colegio en turnos diferentes porque compartían el único par de zapatillas que tenían; o la de un adolescente de 15 años que confesó llorando que hacía una semana que no comía (sus hermanitos almorzaban en la escuela y en la casa solo tenían yerba, que reservaban para su madre embarazada). Esta Asociación civil se empeña en que ningún otro chico muera de enfermedades curables, sin un diagnóstico o una derivación a tiempo, o sin acceso a los medicamentos o tratamientos necesarios.

Gracias al compromiso de voluntarios, padrinos, a sueños cumplidos y a un nombre que se calcó en el corazón de mucha gente, se levantaron seis Centros de Prevención de la Desnutrición Infantil en Santiago del Estero y, a través de diversos programas, se comenzó a trabajar en la prevención de la desnutrición infantil, la promoción humana y la educación integral, para lograr que las familias beneficiarias puedan enfrentar el presente y el futuro con mejores oportunidades. Y eso se ve en la sonrisa de cientos de chicos y en la enorme dignidad que acompaña el gesto de las mamás, que participan de talleres de oficios, que levantan la cabeza bien alta y dicen “lo hice yo misma”.

“Historias de la gente a la que ayudamos, se entrecruzan con la generosidad y solidaridad de muchas personas, como la de Sofía, que tiene cinco años y que con lo que le dejó el ratón Pérez compró galletitas y lápices de colores para los chicos de Haciendo Camino. O como la de Florencia que a miles de kilómetros de distancia conoció la obra por televisión y salió a la playa, con sus amigas, a vender pulseras a beneficio. Mientras tanto, hay padrinos pilotos que llegan volando a Añatuya repletos de donaciones para nuestra gente, voluntarios que trabajaron toda su vida y, ahora ya jubilados, regalan su tiempo en la oficina porque confían que un país más justo es posible y que eso se puede lograr si se aprende a poner de lado las diferencias y en hacer lo que está al alcance de cada uno sin identificar culpables”, cuenta Sebastián Herrera, Coordinador de Comunicación de Haciendo Camino.

El impacto de esta ONG también se refleja en las historias de los protagonistas a quienes Haciendo Caminos se acerca.

Este es el caso de Silvia, su historia tiene aroma a pasta frola y a alfajores de maicena recién horneados porque ella decidió transformar su realidad usando las manos. Todas las tardes, mientras Santiago del Estero se sume en la siesta, ella enciende el horno y repasa las asaderas de la cocina. Aprendió a cocinar en el Programa Oficios de la ONG y, desde ese momento, jamás se detuvo.

También se encuentra Juana, otra de las beneficiarias, que llega al Centro de Haciendo Camino de Colonia Dora en sulky, una carreta de madera en la que muchas veces trae a otras mamás que levanta en el camino. Es que Bracho Laguna, el paraje donde vive, está alejado del Centro, y ella ahora no quiere perderse ninguna visita a Haciendo Camino porque, asegura que “ir es como estar en casa”.

La única manera de lograr un futuro próspero y diferente es dejar de lado la queja y transformar la energía negativa en acción.

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Mercedes