La jornada de la hermana María Efisia se inicia mucho antes de las 7. A esa hora ella comienza a preparar la masa con la que fabricará las hostias, que se hacen con agua y harina.

 

“Primero, lavo la maquina, después coloco el agua fría y la harina 0000, que es la mejor, en el amasador. Después me voy a la capilla para las oraciones y la misa”, contó la religiosa.

Luego de haber cumplido con las oraciones, la hermana regresa al taller para colocar la masa en la máquina italiana, que adquirió el monasterio hace más de 30 años, y así fabricar las hostias.

La fabricación lleva hasta el mediodía. Además de elaborar la masa y colocarla en la máquina, se las guarda por un período corto de tiempo en un cuarto especial (proceso de humectación), para luego cortarlas y embolsarlas.

Las hostias se venden por kilo y el tamaño varía de acuerdo con los pedidos. Sin embargo, la mayoría se realiza en tamaño chico, que son con las que los sacerdotes comulgan al pueblo, y otras, las más grandes, que son aquellas que utiliza el cura para el momento de la celebración.

“Nosotras no tenemos un horario para empezar temprano. Tenemos nuestra actividad, la oración es prioridad después del trabajo”, comentó la priora María Mectildis.

También contó que la máquina da un trabajo extra, ya que “es vieja y no tiene todas las funciones”, por lo que “es un trabajo más manual que automático”.

“Nuestro temor es que la máquina se pare y no funcione más; y ahí no sé qué haremos. Comprar una maquina nueva es imposible para nosotras”, confió la priora.

Las religiosas por el momento no realizan hostias para celíacos, porque para ellos deben contar con otro taller exclusivo y con más gente para trabajar, lo que hace complicada la producción ya que son sólo tres monjas las que trabajan activamente en el monasterio.

 

Por Mercedes